La gente cambia. Es una certeza que tengo desde hace mucho. Cambia de ideas, de opiniones, de ideales, de gustos, de sentimientos. Cambios y más cambios. Lo interesante es cuando el cambio no es cambio, y es evolución. Otros, en cambio, se estancan o retroceden, pero no es ahí donde voy. Voy a que ya no sé si esta evolución (o cambio, aún no lo sé) me merece la pena o no. Ya no sé si buscaba esto o lo otro, o donde voy a desembocar (si es que desemboco). Afianzo lazos nuevos y corto otros, aún a sabiendas de que no está bien. Voy en contra de principios que siempre mantuve (y quién tuvo, retuvo). Y no hago nada para evitarlo porque no sé si quiero evitarlo. En definitiva, estoy en guerra conmigo misma. Vuelta a la decadencia.